SFX: Música de los 80’s en inglés bastante quemada. Voces de personas que se mezclan. Bar.
Comienzo mis vacaciones con mucha emoción y mucho cansancio y hartazgo. Me había ido hacía dos semanas pero mi cuerpo seguía en la oficina. Por fin comenzaba a alcanzarme ayudado por chelas, sangría y mucho cigarro. Una decisión tomada con el fin de disfrutar al máximo lo que se venía al no privarme de nada. Un buen comienzo. Desde un principio había decidido comer mucho, beber mucho, fumar mucho y hacer mucho el amor. Todo se dio a medias.
Cambio y fuera y, en nada, la cabeza de una bruja sobre mi hombro, luego sus pies, mi estómago que no me dejaba relajarme y un vuelo demasiado largo. Creo que mi cuerpo sin alma aguanta menos los viajes. La próxima vez los forzaré a viajar juntos.
Una vez más, esa sensación de hogar. De pasar por donde dice residentes mexicanos y no extranjeros. Esa confianza de no tener que probar nada, de ya llegó su chile verde para dar sabor al caldo. Después, la espera eterna y las ganas de fumar, más para demostrarme que puedo volver a fumar cuando quiera que porque realmente me guste. Por fin, salen los extranjeros que se habían desviado porque en Santo Domingo lo dicen diferente.
SFX: La hora de Pedro Infante en La más Perrona.
Después de una rápida pasada y desayuno de tlacoyos en chile verde con mis padres, a tomar la carretera. Me despertó una voz seria, que quiere sonar profunda, que quiere decir algo pero que lo único que da es sueño. Las primeras críticas a nuestras costumbres culinarias. Ahí todavía lo tomaba como un comentario cualquiera pero ya se iba quedando en mi rencor.
Soundtrack: Voz de Mariano dando consejos para llevar una vida feliz. Ronquidos y algo de rock en español.
Los ojos de la bruja en mi nuca. Cerrados, claro, porque así como come, duerme.
Pienso en el éxito de Mariano y en todo lo que vende y hace. Lee poemas, pone música y ahora, hasta da consejos al mundo y dice verdades absolutas, la verdad de la felicidad, de la paz interna, de gente más cínica, más egoísta y más mala en el poder. De un México lleno de esperanza (porque esa nunca nos falta) pero también de hartazgo, de ganas de mandar todo a la chingada, con ganas de ver que todo se cayera de un solo madrazo y pudiéramos volver a comenzar como cuando el temblor del 85. Pero que esta vez, solo sobreviviera la gente que trabaja y que no abusara de nadie.
Afuera, más negocios grandes, una gran muralla que se extiende sobre todo el periférico hasta casi la caseta de cobro. Una muestra de la invasión comercial, entre americana y española que quiere quedarse con algo del país. Sólo algo, una parte que no incluye a su gente, más bien las tierras, y como antes, con el oro. Si los dejamos.
Pasando la caseta cambia el paisaje, muy verde en su mayoría pero muy pobre en todos los casos. Las mismas casitas, los mismos puentes, las mismas bicicletas y menos burros y menos caballos. Quizá más autos y más gente.
Afortunadamente Mariano comienza a perderse y dejarnos de bajar los ánimos que están tan arriba que ha bastado un caldo de barbacoa para volvernos a poner.
Ya no hay nada. Sólo radio local que por lo ligera y común, se pierde en el ruido de la carretera y la vista que llama más la atención conforme nos acercamos al hotel.
El hotel, justo. Ideado para una boda, para unas vacaciones y para pasarla bien. Con quien sea y como sea. Aún mi yo egoísta, caprichoso, voluble y solitario se vio afectado y se dejó llevar por el ambiente, el sol y la fiesta. Desde ya era parte de todo, esta feliz como todos y quería fiesta como todos. Y me dejé llevar.
Valió la pena. Lo primero, en la piscina, inventando un juego que llamé Under the Sea. El sentimiento me embargó y lo compartí, dejé las frustraciones, el desamor, la adultez y todo eso que no me deja crecer y jugué Under the Sea. El sol llenó mis brazos y mis ojos. Mucho alcohol desde el primer momento.
SFX: Música mexicana. Primero de un mezclador que descompuso el baño y luego de un trío que sonaba como orquesta.
La primera fiesta estuvo muy mexicana. Fresa pero mexicana. La comida apenas pasable pero muy mexicana. El tequila pus como siempre, sabiendo a tequila y mientras más altas las dosis sabe menos a tequila y más a otras cosas, como a agua de tamarindo., todos muy alegres y cantadores, aún con trío tan pequeño, porque todos nos sentíamos muy mexicanos. Porque ahí dentro se nos olvidaba que afuera está muy dura la cosa, que otros bebían la misma cantidad de tequila pero por otras razones, no para festejar. Uno de esos pequeños castillos construido dentro de una de esas pequeñas fortalezas en medio de campos desolados donde viven unos que sólo pueden entrar a dichas zonas favorecidas sólo para trabajar les a los dueños.
Todos con ganas de seguirla pero la distancia y el viaje en autobús más la fiesta del día siguiente evitaron que la fiesta continuara.
Al otro día un buen desayuno de hotel. Muy mexicano, muy llenador. Una asoleada rápida y partida al pueblecito. Un paseo rápido por el pueblecito donde los extranjeros sólo querían comprar, como si fuera la única forma de disfrutar un viaje. Fotos por todos lados, como si el corazón no les bastara ni la memoria les alcanzara para vivir y recordar esos momentos. Siempre pensando en cuando las pusieran en su facebook. El postre que probamos, la señora que vende verduras, el borracho dormido, la puerta carcomida, el sol, el árbol, la iglesia, el pie, la uña, las moscas, la mierda. Fotografiaban todo con el único fin de mostrarlo en su facebook, ni siquiera de compartirlo o de guardarlo como algo memorable. Todo como parte de una competencia. Como todo, para demostrar quien ha viajado más, quien ha comprado más, quien ha estado en más lugares.
Después de una buena comida, el regreso al hotel para otra rápida asoleada, una refrescante nadada y acicalarnos para el festejo que venía.
Yo la neta con emoción de ser parte de la ceremonia.
La boda resultó emotiva. Por la sencillez definitivamente pero también porque era una película. Hizo el efecto de una escena demasiado bien escrita y dirigida. No por eso sentida, no por eso menos honesta. Pero al final, tan planeada como cualquier boda gringa. Donde a la señal, todos caminan, cantan, hablan o lloran. No se vale nada fuera del guión. De lo más rescatable, mi vecina de silla y compañera de ceremonia, a punto de desmayo, con váguidos, como diría la chorriada.
Terminando, en chinga a agarrar lugar, no sin antes detenernos por unas margaritas muy bien preparadas y muy pegadoras. La prisa hacia las mesas era para evitar compartir tiempo y espacio durante la cena con personas indeseables. De los pocos sentimientos de racismo y rencor que guardo en mi vida pero que no me da pena aceptar. Habrían de conocer a dichas personas.
Una cena de boda y muchos tequilas.
SFX: Música de boda. De plano. Luego mariachis.
Mucho baile. Muchísimo, casi tanto como la comida y la bebida. Me cansé de bailar. Y luego de cantar.
Llegó el mariachi y fue muy disfrutable al principio hasta que salieron de no sé dónde, quizá de las botellas de tequila, un chingo de cantantes rancheros, todos muy malos. El peor uno que tiene como ídolo a Juan Gabriel y que piensa que es lo más ranchero que hay. Háganme el favor.
Entre todo, un niño mariachi. Uno de esos que te hacen maldecir a los medios masivos, a la publicidad y la tanta mediocridad que nos rodea que tanto venden. Una mariachi de verdad.
Luego una aventada a la piscina, más tequila y dejar que la necedad diera de sí para poder ir a la cama.
Desde la siguiente mañana ya era otro. Ya me había cansado, ya quería ver a mi familia. Ya no quería ver a los de la boda. Ya me habían hartado. La magia había pasado.
Con todo, aún tenía la ilusión de mi ciudad y poder mostrársela a los extranjeros. La ilusión duró dos horas al confirmar que los extranjeros lo único que querían era acumular fotos y objetos, nunca recuerdos ni experiencias. No importaba el lugar, ni lo que veían o escuchaban, sino la foto que pudieran tomar y lo que pudieran comprar.
Me cansé muy rápido y mejor aproveché el tiempo con mis papás, preparándome al mismo tiempo para el evento que tomaría lugar la próxima semana. Mi propia boda.